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Mexcaltitán
Su
nombre
es
controversia,
leyenda
y
magia
Por
Eduardo
Juárez
Cortés
Pudo
ser
el
punto
de
partida
de
nuestros
ancestros
hacia
el
valle
de
México…
quizá
su
nombre
se
hermane
con
el
de
los
mexicas
o
bien
se
relacione
con
la
luna…
pero
no
hay
duda
de
que
este
poblado
tiene
magia,
y
además,
alegría
en
los
rostros
de
sus
pobladores…
Es
difícil
imaginar
el
sentimiento
de
Cortés,
cuando
al
llegar
al
Valle
de
Anáhuac
vio
a lo
lejos,
espectacular
y
majestuosa,
la
gran
Tenochtitlán,
que
asentada
sobre
el
lago
de
Texcoco,
parecía
flotar
sobre
sus
aguas.
Una
forma
de
entenderlo
-guardando
todas
las
proporciones-,
es
visitar
uno
de
nuestros
Pueblos
Mágicos,
Mexcaltitlán,
ubicado
en
la
costa
de
Nayarit.
Levantado
por
sus
pobladores
primitivos
sobre
un
islote,
en
el
centro
de
la
laguna
del
mismo
nombre,
este
poblado
parece
desde
el
aire
un
asterisco,
dibujado
sobre
una
formación
insular
de
apenas
400
metros
de
largo
por
350
de
ancho.
Llegando
por
tierra,
desde
Santiago
Ixcuintla,
deteniéndonos
en
la
Batanga,
que
es
el
embarcadero
para
pasar
a la
isla,
Mexcaltitlán
pareciera
flotar
sobre
las
aguas,
y en
tiempos
en
que
se
crece
el
río
San
Pedro,
hasta
da
la
impresión
de
estar
hundido
bajo
de
ellas.
De
ahí
que
sus
banquetas
sean
tan
altas.
Hay
quienes
aseguran,
y
esto
ha
sido
motivo
de
gran
polémica
entre
historiadores,
que
este
pueblo
es
la
mítica
Aztlán,
de
donde
partieron
los
mexicas
hacia
el
centro
de
la
república,
siguiendo
los
designios
de
su
dios
Huitzilopochtli,
quien
les
mandó
a
encontrar
un
lugar
similar
donde
fundarían
su
nueva
ciudad.
En
realidad,
esto
carece
de
bases
y
sólo
se
sustenta
en
que,
siendo
Aztlán
“lugar
de
las
garzas”
y
Mexcaltitlán
un
sitio
en
donde
por
su
tipo
de
ecosistema
abundan,
se
le
ha
relacionado
históricamente;
otro
argumento
es
que
Aztlán
se
encontraba
en
Chicomostoc,
“lugar
de
las
siete
cuevas”,
formaciones
que
abundan
en
tierra
alrededor
del
poblado.
En
todo
caso,
lo
único
cierto
es
que
los
fundadores
de
la
capital
azteca
venían
de
occidente,
relación
que
sí
tienen
con
el
ahora
estado
de
Nayarit.
El
origen
toponímico
del
pueblo
está
en
el
vocablo
metztli,
que
significa
“luna”,
por
lo
que
se
piensa
que
quiere
decir
“en
la
casa
de
la
luna”.
La
gran
cantidad
no
sólo
de
garzas,
sino
de
otra
fauna
característica
de
los
humedales,
como
jabalíes,
zarcetas,
armadillos,
conejos,
chachalacas
y
payos
pipichines,
se
debe
-al
igual
que
su
vegetación
hidrófita
representada
por
mangle
blanco,
puyeque
y
tule-,
a
que
en
las
aguas
circundantes
se
unen
el
agua
salobre
del
Pacífico,
y la
dulce
proveniente
de
la
desembocadura
del
río
San
Pedro,
creando
un
entorno
propicio
para
el
desarrollo
de
este
tipo
de
biodiversidad.
El
pueblo
es todo
quietud;
en sus
escasas
calles
de un
interesante
trazo,
que le
mereció
ser
nombrado
Zona de
Monumentos
Históricos,
podemos
ver a
los
mexcaltitlecos
afuera
de sus
casa,
abanico
o
cerveza
en mano,
con el
dejo de
quien
vive
tranquilo,
a
puertas
abiertas
y mano
extendida
al
viajero.
En el
centro,
bajo sus
portales,
se
encuentra
un museo
llamado
El
Origen y
la Casa
de la
Cultura
Luis
Castillo
de León
–poeta
originario
de
Santiago
Ixcuintla-.
Vivir
como lo
hace
este
poblado,
de la
pesca
del
camarón,
es muy
interesante,
ya que
como en
todas
las
actividades
pesqueras,
fluyen
las
tradiciones,
los
mitos,
las
leyendas
y un
sinfín
de
creencias;
ejemplo
claro es
la
fiesta
del
pueblo,
que se
conmemora
el 29 de
junio en
honor a
San
Pedro y
San
Pablo,
llevándose
a cabo
una
carrera
de
canoas
en la
que un
grupo
representa
al
primero
de los
santos,
mientras
que el
otro
compite
por el
segundo;
dícese
que
siempre
gana San
Pedro,
porque
San
Pablo no
es muy
benevolente
en
cuanto a
la
pesca.
Al
visitar
Mexcaltitlán,
tan
mágico
como el
pueblo
mismo es
el sabor
de un
guiso
muy
peculiar,
el
taxtihilli,
platillo
de
origen
prehispánico
que se
prepara
con
camarones
hechos
en
caldo,
acompañados
de masa,
al
estilo
del más
rico
mole de
olla.
El clima
es
cálido
seco y
entre
julio y
agosto
se
registran
sus
mayores
precipitaciones,
comúnmente
acompañadas
de la
inundación
del
pueblo y
el uso
de
pangas
para
transportarse
por las
calles,
al más
típico
estilo
azteca,
en una
fusión
entre
veneciana
y
tenochtitleca,
otro
argumento
más para
aquellos
que
apoyan
la
hipótesis
de que
este
Pueblo
Mágico,
del que
sus
atardeceres
y su
belleza
escénica
son un
prodigio,
fuera
aquel
punto de
partida
del que
sería
después,
el
imperio
más
grande
de
mesoamérica.
Ajeno a
ese
debate,
Mexcaltitlán
vive a
diario
su calma
que
relaja,
y obliga
a
sentarse
frente a
la
laguna
pensando
más en
el
presente,
que
ofrece
vuelos
de
blancas
aves,
cánticos
de
guitarras
y
frescura
de brisa
que
vuela.
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