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Las
Pinturas
rupestres
de la
Sierra
de San
Francisco
constituyen
un
conjunto
de
murales
precolombinos,
característico
del
estilo
Gran
Mural
que
floreció
en el
centro
de la
península
de
California
durante
la época
precolombina
de
Aridoamérica.
Es
probable
que los
portadores
del
estilo
Gran
Mural
hayan
sido los
antepasados
de los
cochimíes,
pueblo
amerindio
que
ocupó la
región
hasta su
extinción
en el
siglo
XIX como
consecuencia
de la
conquista
española.
En la
región
central
de la
península
de Baja
California,
en el
desierto
de
El
Vizcaíno.
Patrimonio
de la
humanidad
desde
1993.
Se
desconoce
la
autoría
y la
época de
la que
datan
estas
obras.
Lo único
cierto
es que
las
pinturas
rupestres
halladas
en la
inhóspita
sierra
de San
Francisco
constituyen
uno de
los
testimonios
más
importante
del arte
precolombino.
Las
representaciones
monumentales
de
personas
y
animales
impresionan
tanto
por su
colorido
como por
su
ejecución.
El clima
desértico,
cálido y
seco, de
la
península
de Baja
California
y la
costa
del
Pacífico-
ha
conservado
en
perfecto
estado
estas
valiosas
pinturas
rupestres
en
cuevas
inaccesibles
y
entrantes
de roca.
Exceptuando
las
escasas
ocasiones
en que
lluvias
torrenciales
inundan
los
resecos
lechos
de los
ríos y
los
transforman
en
peligrosas
corrientes
de agua,
la zona
meridional
de la
alargada
península
de Baja
California
se
caracteriza
por
seca,
polvorienta
y
calurosa,
unas
condiciones
que
convierten
esta
inhóspita
región
en una
de las
más
despobladas
de
México.
A pesar
de ello,
la
sierra
de San
Francisco,
que
forma
parte
del
desierto
de El
Vizcaíno,
presenta
unas
pinturas
precolombinas
que por
número y
tamaño,
pero
ante
todo por
su
excelente
estado
de
conservación,
son
únicas
en su
género.
Hasta el
momento
se han
descubierto
400
localizaciones
con
estas
obras;
250 de
ellas,
entre
las que
se
cuentan
las
pinturas
más
hermosas
e
importantes,
se
hallan
en la
sierra
de San
Francisco,
en las
proximidades
de las
poblaciones
de San
Francisco
y Mulege. |
Viejos
maestros
precolombinos
Las pinturas
descubiertas
en las paredes
y techos de
estas cuevas
situadas en
lugares
recónditos y
difícil acceso
se remontan
probablemente
al periodo
comprendido
entre los años
1100 a. C y
1300 de
nuestra era
Pero, a pesar
del paso de
los siglos,
estas obras de
arte rupestre
han logrado
conservarse
intactas
gracias a la
sequedad del
clima y a lo
inaccesible de
su
localización.
Las pinturas
muestran
personas y
animales, en
ocasiones de
tamaño
natural; con
frecuencia las
primeras
aparecen
portando
armas, lo cual
hace suponer
que
representan
escenas
bélicas y de
caza. En
cuanto a las
cuevas en sí,
seguramente no
fueron
utilizadas
como
viviendas, si
no como
lugares de
culto o como
trampas para
cazar
animales. De
entre la fauna
claramente
identificada
en las
representaciones
pictóricas-
como pumas,
linces,
ciervos,
tortugas,
águilas,
pelícanos,
ballenas y
diversos tipos
de peces-,
varias
especies
desaparecieron
hace mucho
tiempo de la
Baja
California, de
lo que se
deduce que el
clima y, por
lo tanto, la
flora y la
fauna de la
península han
experimentado
cambios
radicales con
el transcurso
del tiempo.
Estos artistas
rupestres ya
emplearon unas
técnicas
sorprendente
elaboradas.
Mediante la
imprimación de
fondo, el
dibujo del
contorno y el
sombreado
conseguían
unos efectos
extraordinariamente
plásticos, que
se enriquecían
mediante una
mediante una
completísima
gama de
colores,
obtenida a
partir de la
trituración de
roca
volcánica. Sin
embargo, nada
se sabe acerca
de los autores
de estas
magnificas
pinturas. El
pueblo
culturalmente
más avanzado
de Baja
California era
el de los
guachimis, que
habitaban la
zona
comprendida
entre La
Purísima y el
extremo
septentrional
de la
península. El
jesuita
Francisco
Javier
Clavijero,
considerado el
descubridor de
estas
pinturas,
publicó en
1789 un relato
sobre su viaje
a través de la
Baja
California
donde afirma
que, según las
leyendas de
los indios,
éstas habían
sido
realizadas por
gigantes.
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Cuevas
rupestres |
Pinturas
ruprestes |
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LAS
PINTURAS
Por medio de
varios
análisis de
los hallazgos,
incluyendo el
pigmento de
las pinturas,
se estima que
la zona fue
habitada desde
hace 10 000
años y que la
costumbre de
pintar en la
roca comenzó
hace 4 000
años y
continuó hasta
1650, fecha en
que se terminó
por la llegada
de misioneros
españoles.
Resulta
sumamente
interesante
que el estilo
de la pintura
no haya
sufrido
grandes
cambios en tan
largo tiempo.
En toda la
región estas
pinturas
representan
una gran
variedad de
figuras de
animales tanto
terrestres
como marinos,
y también
figuras
humanas.
Diversos
también son
las formas,
los tamaños,
los colores y
la
yuxtaposición
de éstos. Los
animales
terrestres,
representados
en posiciones
fijas y en
movimiento,
incluyen
serpientes,
liebres, aves,
pumas, venados
y borregos.
Pueden verse
también
diversas
representaciones
de vida marina
como ballenas,
tortugas,
mantarrayas,
leones marinos
y peces.
Cuando los
animales
forman la
representación
central de un
mural, las
figuras
humanas son
secundarias y
aparecen
esporádicamente,
de fondo.
Cuando las
figuras
humanas son
centrales
yacen en una
posición
estática y de
frente, con
los pies
apuntando
hacia abajo y
hacia afuera,
los brazos
extendidos
hacia arriba y
las cabezas no
tienen rostro.
Las figuras
femeninas que
aparecen, se
pueden
distinguir
pues tienen
“senos” bajo
las axilas.
Además,
algunas de
ellas vienen
adornadas con
lo que los
primeros
jesuitas
reconocieron
como los
rituales
penachos
utilizados por
los jefes y
chamanes de
los grupos. La
sobreposición
de las figuras
indica que los
murales eran
sucesivamente
compuestos en
diferentes
ocasiones.
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