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La vieja
ciudad
colonial
de
Querétaro
ofrece
la
singularidad
de haber
conservado
su
núcleo
indígena
primigenio
de
calles
serpenteantes,
junto
con los
barrios
trazados
con
arreglo
a un
plan
geométrico
por los
conquistadores
españoles.
Otomis,
tarascos,
chichimecas
y
españoles
cohabitaron
pacíficamente
en esta
ciudad,
reputada
por sus
innumerables
edificios
civiles
y
religiosos
de
estilo
barroco,
profusamente
ornamentados,
que
datan de
su edad
de oro
(siglos
XVII y
XVIII).
Como
pocas
ciudades
en el
país,
Querétaro
ha
podido
amalgamar
con
relativo
acierto
su
crecimiento
acelerado
con la
conservación
de su
patrimonio
edificado,
sus
ricas
tradiciones
con sus
visibles
impulsos
modernizadores,
su
sentido
de la
tranquilidad
con la
apertura
a las
más
diversas
expresiones
de la
cultura
contemporánea.
Portadora
de una
historia
centenaria,
cuyos
orígenes
se
remontan
a la
compleja
evolución
de una
zona de
frontera
y de
intenso
intercambio
cultural
entre
los
grupos
recolectores
cazadores,
que
desde
hace
unos
ocho
milenios
ocuparon
el área,
y las
culturas
mesoamericanas
que se
desarrollaron
en el
centro
norte
del
México
antiguo,
Querétaro
(también
conocida
como
Ndamaxei,
en
otomí, y
Tlachco,
en
náhuatl)
se
constituye
en el
siglo
XVI,
como
pueblo
de
indios y
cabecera
de la
alcaldía
mayor
del
mismo
nombre,
dentro
del
virreinato
de la
Nueva
España.
Desde
entonces,
la
ciudad
ha
tenido
momentos
de auge
y
decadencia,
de
expansión
y
estancamiento,
y ha
estado
ligada
desde
sus
inicios
al
desenvolvimiento
histórico
de
México.
Enclavada
en el
centro
de la
geografía
de la
República,
Santiago
de
Querétaro
ha sido
siempre
un
territorio
axial en
el
acontecer
mexicano;
un lugar
de
transición
entre el
centro y
el
norte;
una
encrucijada
de las
comunicaciones
entre la
gran
capital
macrocefálica
y las
principales
poblaciones
del
norte y
el
poniente;
una
ciudad
en que
convergen
los
impulsos
modernizadores
del
norte,
la
tradición
criolla
y
conservadora
del
Bajío,
las
influencias
cosmopolitas
de la
capital,
las
tradiciones
indígenas
mesoamericanas,
el
intenso
mestizaje
cultural
del
altiplano
central
y el
carácter
indómito
de los
grupos
chichimecas.
Fue así
que
entre
los
principales
argumentos
que
favorecieron
que en
diciembre
de 1996
el
Centro
Histórico
de
Santiago
de
Querétaro
haya
sido
inscrito
en la
Lista
del
Patrimonio
Mundial
de la
UNESCO,
estuvieron
la
sorprendente
homogeneidad,
la
autenticidad
y el
buen
estado
de
conservación
del
antiguo
casco de
la
ciudad,
tomado
como
conjunto
urbano,
el cual
constituye
un
ejemplo
excepcional
de la
arquitectura,
el arte
y la
traza de
una
notable
ciudad
virreinal,
cuyos
valores
artísticos,
urbanísticos
e
históricos
se
mantienen
vigentes.
Ya desde
1981,
con
apoyo en
la
legislación
federal
se
emitió
un
decreto
presidencial
estableciendo
una Zona
de
Monumentos
Históricos
que
abarca
una
superficie
aproximada
de
cuatro
kilómetros
cuadrados,
formada
por 203
manzanas,
que
comprenden
alrededor
de 1,750
inmuebles
históricos
o de
valor
cultural
relevante,
construidos
entre el
siglo
XVI y la
primera
mitad
del
siglo XX.
El
reconocimiento
de
Querétaro
como
patrimonio
de la
humanidad,
cambió
la
percepción
que
muchos
habitantes
de la
ciudad
tenían
sobre su
centro
histórico
y
constituyó
un
factor
determinante
del
intenso
crecimiento
de la
actividad
turística
en los
últimos
catorce
años. La
revaloración
patrimonial
de la
ciudad,
no solo
ha
representado
para los
queretanos
un
factor
de
orgullo
y
reconocimiento,
sino
también
una
palanca
para
favorecer
la
activación
económica.
Eso
puede
observarse
si
consideramos
que,
mientras
que hace
quince
años el
turismo
era una
actividad
marginal,
ahora
representa
una de
las tres
principales
fuentes
ingreso
y
ocupación
para
Querétaro.
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